MADRID (EFE).— Viajar tiene un impacto climático y socioambiental inevitable, y así, para detener el calentamiento y evitar también el “neocolonialismo” que supone el turismo sería necesario “viajar menos y quedarse más tiempo en cada sitio”, defiende el cineasta Tyson Sadler.
El director de “The Last Tourist”, documental proyectado en el One other Manner Movie Competition de Madrid, expone en esta cinta la “verdad incómoda” de los viajes, una actividad que, denuncia Sadler, es un lujo reservado para las poblaciones ricas a costa de los países con las tasas más altas de pobreza, que son los principales destinos turísticos.
Así, “el turismo es una forma de neocolonialismo”, sentencia el director, que además de reconocer la huella ambiental que acarrea desplazarse y aprovechar los recursos de otros países —por ejemplo, en hoteles que son agujeros de consumo—, plasma en su película las consecuencias sociales de recorrer el mundo.
En un momento en que viajar se vuelve más accesible que nunca gracias a los vuelos a bajo precio y en que las redes sociales alimentan el ansia por pisar otros lugares únicamente “por la foto”, “The Last Tourist” aspira a generar conciencia con la intención de enterrar al “turista” y dar lugar al “viajero”, cuya visita esté sujeta a las normas de los residentes, y no al revés.
Voces como la de la etóloga británica Jane Goodall y otros especialistas ambientales y del sector turístico nutren el largometraje de reflexiones y datos que invitan a rechazar la thought mercantilizada del viaje, y a cuestionarse si los turistas aceptarían en sus lugares de origen lo que ven hacer en los destinos, donde a menudo se va para “desconectar”.
El problema, advierte el filme, es que con esas “vacaciones de la realidad” convive una realidad en el destino, que estaba antes de que llegara el turista y que continuará tras su partida, en muchos casos afectada negativamente por la degradación ambiental.
El documental refleja la explotación y el tráfico animal que fomentan atracciones turísticas pensadas para personas que, paradójicamente, “aman la naturaleza”, y que buscan vivir experiencias demasiado cerca de animales salvajes, lo que suele implicar domesticar a esas especies y deriva en casos de maltrato, como revela el ejemplo de los elefantes asiáticos.
También saca los colores al “voluntarismo”, pues aunque la mayoría de voluntarios se desplazan con la mejor de las intenciones, en la práctica esta actividad que mueve cerca de 2,000 millones de dólares anuales ha propiciado la proliferación de orfanatos, que se han llenado de niños con padres —separados de sus familias— en países como Kenia.
En esos centros que reciben constantes visitas de voluntarios que enseñan —a veces sin preparación alguna— o acompañan a los huérfanos, éstos se convierten en un producto no muy distinto al de los animales de zoológicos, argumenta “The Last Tourist”.
Pese a mostrar en su documental varios ejemplos de turismo más responsable, Sadler cube que rechaza las etiquetas de “sostenible” que se publicitan con determinados tipos de viajes, pues reconoce que de cualquier manera viajar tiene un costo socioambiental y climático que es inevitable.
Sin embargo, al asumir que, de acuerdo con las proyecciones de la Organización Mundial del Turismo, “los viajes no tenderán a reducirse sino a dispararse en las próximas décadas”, el cineasta aboga por fijar un máximo de visitantes anuales para cada lugar y sortear los permisos entre quienes los solicitan, como ya hacen algunos parques nacionales en Estados Unidos.
De esta manera, afirma se aliviaría la presión turística sin que el criterio para elegir quién viaja sea necesariamente la clase social.
El documental deja muchas cuestiones fuera que a Sadler le gustaría abordar en una serie documental: la gentrificación en las ciudades —el conocido “efecto Venecia” que encarece la vivienda y nivel de vida a causa del fenómeno Airbnb—, la explotación laboral ligada al turismo sexual de algunos países asiáticos y el impacto climático de viajar.
” Fuentes news.google.com ”