Editorial, 6 de marzo de 2021
Estamos a una semana de cumplir un año con el Coronavirus instalado en la Región de Magallanes
y Antártica Chilena y nunca habíamos sentido tanto temor como en los
últimos 12 meses. Porque muchos se olvidan que el Covid-19 se comenzó a
propagar a principios de enero del año pasado. Y a nivel país se señaló
que el primer brote pudo haber estado relacionado con los cruceros. En
nuestra región, donde siempre nos quejamos de desconexión, nos hemos
dado cuenta de que vivimos en un mundo interconectado. El Coronavirus ha
sido una prueba no solo de nuestros sistemas y mecanismos de atención
de salud para responder a enfermedades infecciosas, sino también de
nuestra capacidad de trabajar juntos como una comunidad de naciones ante
un desafío común. El camino del Covid-19 también nos ha puesto a prueba
nuestros principios, valores y humanidad compartida. Al extenderse
rápidamente por todo el mundo, con la incertidumbre en torno al número
de infecciones y con una vacuna que aún no hace el efecto esperado
porque solo lleva un par de meses aplicándose. El virus generó profundos
temores y ansiedades en los individuos y las sociedades. Ningún país
pudo restarse del impacto de la pandemia, tanto en sentido literal como
económico y socialmente, tal y como lo demuestran la caída de los
mercados bursátiles, el desplome de todas las economías y, por sobre todo,
la preocupante situación educacional a nivel mundial. Una de las
principales lecciones es que a largo plazo, debemos acelerar el trabajo
de construcción de servicios de salud pública equitativos y accesibles. Y
cómo respondamos a esta disaster ahora sin duda dará forma a esos
esfuerzos en las próximas décadas. Porque estamos viviendo algo inédito,
que ni nuestros bisabuelos lo habían vivido.
“Nunca habíamos sentido tanto temor como durante el año 2020. Debemos tener conciencia de que estamos frente a una pandemia que no tiene cura. Por eso nuestra alerta máxima en Magallanes, la región que peor la está pasando en nuestro país”.
Estamos a una semana de cumplir un año con el Coronavirus instalado en la Región de Magallanes
y Antártica Chilena y nunca habíamos sentido tanto temor como en los
últimos 12 meses. Porque muchos se olvidan que el Covid-19 se comenzó a
propagar a principios de enero del año pasado. Y a nivel país se señaló
que el primer brote pudo haber estado relacionado con los cruceros. En
nuestra región, donde siempre nos quejamos de desconexión, nos hemos
dado cuenta de que vivimos en un mundo interconectado. El Coronavirus ha
sido una prueba no solo de nuestros sistemas y mecanismos de atención
de salud para responder a enfermedades infecciosas, sino también de
nuestra capacidad de trabajar juntos como una comunidad de naciones ante
un desafío común. El camino del Covid-19 también nos ha puesto a prueba
nuestros principios, valores y humanidad compartida. Al extenderse
rápidamente por todo el mundo, con la incertidumbre en torno al número
de infecciones y con una vacuna que aún no hace el efecto esperado
porque solo lleva un par de meses aplicándose. El virus generó profundos
temores y ansiedades en los individuos y las sociedades. Ningún país
pudo restarse del impacto de la pandemia, tanto en sentido literal como
económico y socialmente, tal y como lo demuestran la caída de los
mercados bursátiles, el desplome de todas las economías y, por sobre todo,
la preocupante situación educacional a nivel mundial. Una de las
principales lecciones es que a largo plazo, debemos acelerar el trabajo
de construcción de servicios de salud pública equitativos y accesibles. Y
cómo respondamos a esta disaster ahora sin duda dará forma a esos
esfuerzos en las próximas décadas. Porque estamos viviendo algo inédito,
que ni nuestros bisabuelos lo habían vivido.
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” Fuentes elpinguino.com ”
