Los acontecimientos políticos de los últimos meses, han dado lugar a posiciones políticas –especialmente del gobierno y su partido, el MAS– y, por supuesto a creencias fuera de lugar sobre el accionar de la Iglesia y sus obispos. La Conferencia Episcopal Boliviana, consciente de su misión, ha emitido un documento en el cual muestra la perennidad del cristianismo y de su Iglesia, la vigencia permanente de la Palabra de Cristo y la vigencia de principios que hacen de la Iglesia la salvaguardia de los derechos soberanos del pueblo; ha mostrado a las autoridades que todo ataque a la Iglesia es related a dar golpes de cabeza contra las piedras hasta conseguir su destrucción. La Iglesia, a través de los siglos ha tenido una acción preponderante para la solución de muchos problemas, ha elevado su voz de protesta -muchas veces la voz de los sin voz– de consuelo y de dolor ante las injusticias y los atropellos que se han cometido. Ha pedido que las discordias sean disipadas por la acción consciente y responsable de quienes ejercían el poder; lamentablemente, esas voces no fueron escuchadas y, cuando lo fueron, sólo para usarlas con otros fines.
Cuánto dolor y cuánta angustia se hubiese evitado en tiempos de discordias y enfrentamientos, de guerras y confrontaciones que causaron tanto daño a los bolivianos en que los derechos humanos, la paz, la concordia y la unión no importaban para nada, si se escuchaba la voz oportuna y serena de la Iglesia. Son muchas las homilías y exhortaciones de los obispos que en los últimos quince años han insuflado esperanzas y prodigado consuelo al pueblo; muchas veces se ha inculcado la necesidad de que el amor a Dios y al prójimo sean las bases de un buen gobierno, las condiciones imprescindibles para conseguir el bien común, la base para tener justicia con caridad y las condiciones básicas para respetar los derechos políticos, sociales y culturales del pueblo sin distinción alguna; que sean, además, fundamentos para dictar amnistía en favor de todos los que se vean privados de libertad y hasta extrañados del país tan sólo por pensar diferente a lo que crean y sientan las autoridades o sus partidarios. Lamentablemente, toda esa prédica, expresada con energía y altura ethical ha caído en saco roto, en el nivel de quienes ostentaban el poder en esos momentos.
La Iglesia, consciente de sus responsabilidades y la misión que tiene de velar por la fe, la tranquilidad, el bienestar y las libertades de los bolivianos, siempre ha rechazado los extremismos para la solución de los problemas que confronte el país, ya que las posiciones de extrema nunca han generado nada por el bien común y se han parcializado con fines particulares o intereses partidistas o han sido encubridores de conveniencias que, en el fondo, han estado contrapuestos a los verdaderos intereses del pueblo, de los trabajadores y de la colectividad que ansían vivir en justicia, libertad, paz y armonía.
Hace tiempo, el Cardenal José Clemente Maurer, ha expresado criterios válidos para siempre: “Todos los bolivianos, unidos en una sola fe y esperanza, debemos trabajar sin descanso por la prosperidad y grandeza de un país tan bendecido por Dios en bienes naturales”. El máximo prelado de la Iglesia seguro de que la fe y la esperanza en los mejores destinos del país ha dicho que sólo el trabajo eficiente permitirá explotar los bienes que contiene el suelo boliviano y así salir de toda disaster y encaminarnos a vencer a la pobreza. Como en todo tiempo, en estos días la Iglesia ha hecho oír su voz para bien de toda la nación y, además, para que autoridades, imbuidas muchas veces de soberbia, entiendan la imposibilidad de destruir la eternidad del cristianismo y su Iglesia basándose hasta en las experiencias que, en más de dos milenios, nadie –por poder que tenga– ha podido sojuzgarla o someterla o destruirla. Han pedido los obispos que las autoridades sepan valorar y tener en cuenta las exhortaciones hechas y lo hagan con sentido constructivo, conforme al contenido de los Evangelios que expresan claramente el sentir de amor de Jesús por todos los hombres. Es de esperar que el gobierno escuche la voz de la experiencia, la voz basada en el amor y la entrega a la causa de Dios y del pueblo.
” Fuentes www.eldiario.net ”
