Una persona que cambia de país se desarraiga o deja lo que ha conocido y se atreve a viajar a lugares nuevos con la esperanza de encontrar una vida mejor. Son actores sociales considerados vulnerables, aunque no son seres pasivos porque tienen capacidad de respuesta para enfrentar los desafíos que se les presentan, afirmaron académicos, representantes de organizaciones civiles y de instituciones públicas.
La directora de la Escuela Nacional de Trabajo Social (ENTS) de la UNAM, Carmen Guadalupe Casas Ratia, expuso la relevancia del enfoque interdisciplinario en el estudio y propuestas de intervención en los procesos de movilidad que enfrentan niños, niñas y adolescentes mexicanos y extranjeros, ante la falta de programas de inclusión y política pública que les ofrezcan mejores oportunidades de vida y desarrollo en sus lugares de origen.
Esta situación lamentablemente se agravó en la pandemia, pues numerosos países como Estados Unidos, por ejemplo, cancelaron sus procesos de asilo y procedimientos migratorios, lo que incrementó la tensión en las fronteras ante la desesperación y frustración con que ahora se conducen los migrantes.
Se trata de una de las mayores tragedias humanas: la xenofobia, el racismo y la discriminación que padecen las infancias y juventudes, sobre todo de raíces indígenas.
Por su parte, la investigadora y exdirectora del IIA, Cristina Oehmichen Bazán, refirió que la ciudad les permite el anonimato a los jóvenes migrantes indígenas, quienes no son seres pasivos porque tienen una capacidad de respuesta para enfrentar los desafíos que la urbe les presenta. Poseen un espíritu de lucha que les permite reconfigurar sus relaciones sociales en los lugares de acogida, por ejemplo.
Cuando migran, las mazahuas residen con sus parientes o encuentran refugio en los hogares donde trabajan como empleadas domésticas. Algunas niñas y adolescentes laboran para otras mujeres de su grupo étnico a cambio de comida y un ingreso económico bajo. En estos casos las redes de parentesco y paisanaje son movilizadas para encontrarles acomodo.
No obstante, explicó la especialista, la vida en la ciudad no es fácil; los testimonios describen el maltrato que reciben por ser indígenas y mostrarse como tales. Esto ocasiona que busquen pasar inadvertidas al dejar de usar su atuendo tradicional y, por lo tanto, portar ropa comparable a la que utilizan las mujeres no indígenas de los sectores urbano-populares. En otros contextos muestran de manera abierta y desafiante su etnicidad, sobre todo cuando se trata de reclamar derechos colectivos.
” Fuentes imagendeveracruz.mx ”
