José María Rodríguez
Agüimes (España), 10 feb. Con solo trece años, a Mamadou Keita le llevó siete meses cruzar más de 4.800 kilómetros y cuatro países sin la compañía de ningún acquainted, camino de un sueño europeo que le rondaba la cabeza desde hacía tiempo de forma difusa, sin un objetivo claro más allá de labrarse un futuro fuera de su Guinea natal, poder enviar dinero a casa y tal vez algún día volver.
La historia de este joven alumno de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, que estudia para maestro, suena extraordinaria en la isla canaria (Atlántico) que le acoge desde que lo rescataron de una pequeña embarcación sin flamable y que ya hacía aguas cuando apareció un barco de Salvamento Marítimo, en 2015, pero no es tan extraña en África.
La comparten miles de adolescentes a los que la pobreza, las guerras o la falta de expectativas empujan lejos de casa, menores que cruzan media África antes de exponer la vida en el mar o ante las cuchillas de una valla fronteriza, solo que la de Mamadou Keita es la historia de un éxito colectivo: el de un puñado de educadores y voluntarios anónimos que logran que niños así vuelvan a ser niños.
Al conversar con EFE en el pueblo donde ahora reside, el joven bromea con lo mucho que se ha adaptado a unas islas que ni siquiera sabía que existían el día que se subió a la barca, porque es consciente de que habla español con mucha más soltura que el francés de su infancia y sabe que, cuando llama a casa, su madre se ríe con los modismos canarios que salpican su conversación en lengua fula.
“Es normal, mi infancia la pasé aquí”, se explica. “Llegué con 13 años, pero siento que parte de mi infancia la viví aquí… Bueno, diría que toda, porque lo que viví en África no era infancia, estaba viviendo la vida de un adulto, no tenía mi tiempo, no jugaba”.
Como miles de niños de África, Mamadou Keita está loco por el fútbol. Entrenó con un equipo de Las Palmas y no se le daba mal, pero a él la experiencia le sirvió para conocer un proyecto social que ayuda a chicos con problemas, del que ahora es voluntario.
Su presencia ha servido de ayuda en specific a adolescentes africanos que acaban de llegar a las Islas Canarias y que, como le pasó a él, viven con angustia que por su edad no les permitan trabajar, porque sienten la urgencia de enviar dinero a casa.
De superación Mamadou sabe mucho: con lo poco que pudo meter en la mochila la tarde en que se marchó de casa a espaldas de su madre, cruzó Guinea, Mali, Argelia y Marruecos. Por el camino trabajó en lo que tocara para pagarse cada etapa, lo estafaron, dio también con gente buena que le echó una mano, pagó para que le colaran por las fronteras escondido en camiones… hasta que llegó a Rabat.
En la capital de Marruecos entró por primera vez en contacto con quienes organizan las travesías clandestinas a España y casi tira la toalla: le pedían 4.000 euros. “En mi ciudad, Mamou, alguien con un buen sueldo cobra 100 euros al mes. Yo nunca había visto junta una cantidad como esa”, relata. En realidad, ni la llegó a ver, porque fue su madre quien le consiguió “un barco” a Canarias en El Aaiún (Sahara Occidental) pidiendo prestado a conocidos una suma que nunca le contó.
Del barco, más bien patera, como se conoce a las pequeñas embarcaciones en las que van los inmigrantes, recuerda que le dio tanto miedo que le obligaron a subirse a la fuerza, porque se quería volver atrás, y también que le quitaron todo, hasta la ropa, así que hizo la travesía “en calzoncillos”. Period el más pequeño de los 50 a bordo.
Del día que lo rescataron, recuerda el “impacto” que le causó oír en el muelle hablar español, que le sonaba a “francés raro”. A partir de ahí, un hogar de acogida, un instituto público en Gran Canaria, un profesor que le picó en el orgullo para que nunca dejara que le hicieran de menos y su fuerza de voluntad le abrieron camino.
A los chicos que le piden consejo porque acaban de llegar, siempre les cube que no tengan miedo a abrirse a la sociedad española, porque eso no supone “perder sus raíces ni su cultura”, y que no intenten imponer nada, “porque aquí somos invitados”, pero sin renunciar a nada por “ser extranjeros”. “Yo caí de pie”, reconoce. EFE
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(foto) (vídeo)
” Fuentes www.infobae.com ”
