En la intersección de Rufino Tamayo y José Ma. Rodríguez se vuelve a complicar la cruzada. Las escuelas vuelven a tener afluencia vehicular y la vuelta en U frente al Colegio Americano es de nuevo una costumbre. El gusto que siento al saber que los padres de familia de la escuela Concord no pueden acceder a dejar ni recoger a sus hijos por mi colonia surge de vuelta y me hace sentirme protegida en un espacio que, en algún momento, en la infancia y juventud de mis hijos, parecía un área rural. Me gusta decir que mis hijos tuvieron vida de rancho. Treparon árboles. Jugaron en el arroyo. Visitaron una granja. La granja también nos visitaba a nosotros. Una mañana encontré una vaca pastando en el jardín de mi casa. Coseché acelgas y verdolagas que no sembré y me despertaban marranos que hurgaban en la basura en la madrugada. La soledad de las calles durante una buena parte de la pandemia me recordó a esos tiempos. Tal vez por eso el movimiento reanudado del tráfico no me alegra, como tal vez alegra a otros. Yo estaba bien con movimiento limitado, con poca gente en la calle y poca necesidad de gasolina. Definitivamente soy una chiflada que quiere lo mejor de todo. Y en efecto siempre hay algo bueno y deseable en cada situación. Ahora debo hacer las paces con el peligro del crucero de Rufino Tamayo y José Ma. Rodríguez, y adaptarme o ajustar mi vida a tantas cosas… a necesidades y deseos que no sospechaba pudieran surgir tras 2 años y sus cambios. Pero tal vez eso ya es otro tema.
” Fuentes vanguardia.com.mx ”
