El primero es que absolutamente todo viene de la naturaleza: desde lo más orgánico, como una lechuga, hasta lo que requiere un mayor proceso industrial, como un auto; no hay persona que salga en un cohete a otro planeta para conseguir los recursos necesarios para crear todo lo que conocemos y tenemos, todo proviene de nuestra Madre Tierra. Dicho esto, podemos cuestionarnos: ¿de dónde viene lo que tengo frente a mí? ¿Qué se necesita para que esto pueda estar aquí? Así, podemos empezar a cuidar y respetar más los recursos primarios, así como nuestros hábitos de consumo.

El segundo es la relación con nuestra comida y lo que se requiere para que esta llegue a nuestro plato. Para que se logre un ciclo completo de siembra, cultivo y cosecha se necesita más que una persona agricultora trabajando la tierra. Incluso, si nuestro estilo de vida no tiene relación aparente con lo que sucede en el campo o en las tierras de cultivo, todas nuestras acciones tienen un impacto que puede ser positivo o negativo. Todo lo que consumimos tiene una huella local que, a su vez, se vuelve global.
Para que se logren cosechas se necesita un clima estable, un ecosistema sano y equilibrado, un suelo vivo; espacios como el Huerto de Casa Doña María Pons nos recuerdan que la siembra también puede ser una forma de reconectar con la tierra. Nuestras acciones y hábitos de consumo, por muy alejadas que nos parezcan, tienen repercusiones en el cambio climático, en la salud del suelo o en la escasez o abundancia del agua y esto a su vez influye en que haya cada vez más o menos comida disponible en nuestro plato (y no solo para la especie humana).

Por último, el sentipensar más bello: somos naturaleza, no somos una especie aislada que llegó de otro planeta a habitar la Tierra. Si nos ponemos a observar cómo funciona nuestro cuerpo y cómo es nuestra relación con los demás seres o especies que cohabitan este espacio ¡nos podremos dar cuenta de que tenemos muchas similitudes! Esto, por un lado, puede cambiar la percepción que tenemos de nosotros mismos: hacernos sentir más valiosos al sentirnos y sabernos parte de este planeta tan bello, fascinante y complejo y a su vez aceptar nuestra diversidad. ¿Cómo vamos a querer entrar en un molde o encajar en ciertos parámetros cuando dentro de una misma especie puede haber una infinidad de conjuntos o taxones? ¿Cómo vamos a sentirnos sin un propósito o sin valor si somos parte de algo tan maravilloso e indispensable? Sabernos parte de un universo tan diverso y complejo puede ayudarnos a aceptar nuestras diferencias y a tener más empatía y respeto por los demás, humanos y no humanos.
Además, vivimos en un mundo infinitamente interconectado y completamente interdependiente; tratar de entendernos como un ente aislado e independiente de los demás seres o especies que nos rodean es ir en contra de lo que somos. Desde el microorganismo más diminuto y aún desconocido, hasta el árbol más frondoso y bondadoso que conocemos, todos dependemos de todos, todos tenemos una función dentro de un sistema fascinantemente complejo. Hay una palabra sudafricana que me encanta: Ubuntu, que significa “soy porque somos”. Si nos entendemos de esta forma, podremos tener más empatía y conciencia sobre nuestras decisiones y acciones al pensar que tal vez las plantas y animales silvestres no tienen acceso a una pipa de agua en tiempos de sequías y es un hecho que esas plantas, animales, insectos o microorganismos que están siendo desplazados (en el mejor de los casos), aunque desconozcamos su función, son parte del todo del que también somos parte y que si en algún momento llegan a faltar, habrá más desequilibrio en los ecosistemas y eso en algún punto repercutirá en nuestra vida, sea cual sea.

Para pasar de la teoría a la práctica y ensuciarnos las manos con esperanza, te invito cordialmente a mi próximo Taller de Semillas que impartiré este 25 de abril en el Huerto de Casa Doña María Pons (en San Luis Potosí), un espacio que materializa estos principios y donde la biodiversidad se vive y se cuida todos los días. Ahí aprenderemos a reconocer la vida que late en cada semilla y cómo podemos convertirnos en guardianes de nuestra biodiversidad.
Sabernos parte de la naturaleza en un nivel de importancia igual a todas las demás especies y encontrar espacios que nos lo recuerden, nos puede ayudar a respetar y cuidar más todas esas otras formas de vida y nuestra vida misma. ¡Todas y todos podemos ser seres regenerativos! Te invito a reflexionar sobre estos temas, a reconectar con la naturaleza, con tu naturaleza y a accionar en sincronía y sintropía con esta red tan compleja y viva. La Madre Naturaleza nos necesita, cuidemos de ella para cuidar de nosotros, porque recuerda: eres porque somos.
Si te interesa conocer más sobre estos temas, te invitamos a seguir las cuentas de Fundación Herdez y Casa Doña María Pons para que puedas enterarte de futuros eventos.
*Heidi Tuch es originaria de Ábrego, Guadalcázar (SLP), es guardiana de semillas. Habita y reforesta Casa Nompuehuenu, donde creó el Vivarium, una casa comunitaria de semillas con más de 126 variedades y un vivero de plantas medicinales, aromáticas y frutales. Desde hace seis años recorre el monte aprendiendo sobre la recolección, conservación y reproducción de semillas, compartiendo estos conocimientos a través de talleres, caminatas y proyectos comunitarios.

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