En días pasados por la inmisericorde violencia conta las mujeres, conocimos del conductor de un autobús ofreciendo un “trayecto seguro”, donde pueden recurrir a él si alguna fémina se siente “acosada, ostigada (sic) o amenazada”; iniciativa que se agradece, sobre todo porque fue originada por un chofer, quienes muchas veces son ninguneados y otras tantas vilipendiados.
Los conductores son al igual que muchos de nosotros, una especie del Physician Jekyll y Míster Hyde, el personaje de doble personalidad que ejemplificaba el bien y el mal en la novela de Robert Louis Stevenson. Sin su labor no sería posible movilizar a la población, y salvo excepciones, la mayoría hemos hecho traslado democrático con choferes amables, conscientes y excepcionales, como el que conocí hace años en un microbús en la Ciudad de México.
El personaje en mención recibía a los pasajeros con un cordial saludo, recomendaba disfrutar el trayecto, sonaba en su estéreo el 96.1 Radio UNAM y nos despedía pregonando “Dios me lo bendiga”; situación que me llevó a pensar varias situaciones: que disfrutaba su trabajo, que period un ser con alto sentido de espiritualidad, que period su último día laboral o que inversamente, period el último viaje en vida para su servidor y alguna deidad me hacía ligero mi camino al más allá, lo cual por obviedad no sucedió.
En lo opuesto, están los conductores Míster Hyde, algunos déspotas, en unidades manejadas a altas velocidades, con la literal zarandeada de los usuarios y cual escena de Ben Hur, recrean los combates en carros romanos con otros automovilistas, implicando la contaminación auditiva al intercambiar bocinazos y amplio lenguaje soez, pero resulta que transporte y conductor son elementales para la vida de millones personas.
Mudar de lugares ha sido una constante buscando mejores condiciones de vida, lo que knowledge del nomadismo, para posteriormente, asentados los grupos poblaciones, surjan mayores exigencias, recurriendo a los animales de carga y carros adecuados para apresurar traslados que devinieron en hacerlos comunitarios.
No se conoce de rutas y vehículos de esta clase de prestaciones en las culturas antiguas, lo cual es bastante possible existieran por las distancias entre los pueblos. Es hasta el siglo diecisiete donde aparecen los primeros registros de traslado colectivo y ocurrió en París, una urbe con medio millón de habitantes que requerían desplazarse.
En 1640, Nicolas Sauvage ideó el sistema antecedente del precise taxi con carrozas de poca capacidad, manejadas por un chofer- un galicismo, de aquí su origen- rentadas para viajes citadinos. El servicio fue modificado veinte años después por Blaise Pascal, matemático, físico y filósofo, una eminencia al que de pilón le alcanzaron las concepts para proponer al rey Luis XIV un sistema colectivo de traslado.
Les Carrosses Pvbliques habían nacido; unas individuales y otras de ocho pasajeros con rutas y horarios establecidos, pero por dificultades administrativas y las pocas carretas ante la demanda poblacional se canceló esta asistencia, quedando el antecedente para corregirse y replicarse en las grandes ciudades europeas, asiáticas y americanas.
Los carruajes tirados por caballos se modificaron para economizar los costos, por lo que en el siglo diecinueve podían viajar hasta doce pasajeros, empero eran frecuentes los accidentes por la falta de medidas de seguridad, de reglamentos de tránsito y choferes realizando verdaderas hazañas en el manejo de rudimentarios vehículos.
Con la finalidad de evitar estos fatídicos eventos, se recurrió al tranvía de tracción animal para direccionar los viajes sobre rieles, permitiendo mayor estabilidad a vagones con capacidad de cuarenta pasajeros. En nuestro país y otras naciones, fueron sustituidos los caballos por mulas, al tener este híbrido fauno mayor resistencia a enfermedades, sus pezuñas son más fuertes y el cuadrúpedo es económico; un servicio conocido por “mulita”.
Las “mulitas” supieron llevar el trote del tiempo al convivir con los tranvías impulsados por energía eléctrica, pero la revolución de movilidad pública se asomaba por la ventana de un tren y posteriormente de un automotor. Perfeccionado para el uso público en 1848, el tren extendió de inmediato sus vías por todo el orbe, ocasionando el abaratamiento de los viajes, que toda la población pudiera tener acceso y que cayeran en desuso las carretas para los trayectos largos.
Los carruajes continuaron sus viajes internos de poco pasaje, convirtiéndose de a poco en piezas de museo por la introducción de automóviles. Paris nuevamente, fue la ciudad donde se desplazaron en 1904 los primeros vehículos motores destinados al servicio público, siendo la marca Renault quien los introdujo con tarifas definidas por un medidor; un taxímetro y resultó mejor abreviar el término de estos autos a taxi.
El crecimiento de las ciudades se refleja en su transporte público y de esto dimos cuenta con el tren subterráneo en Londres a finales del siglo diecinueve, de los autobuses motores de pasajeros a partir de 1920, hoy buscando sean de tracciones eléctricas para adecuarse a los nuevos tiempos.
La movilidad de pasajeros se sigue actualizando y se recurre a servicios mediante aplicaciones, buscando la comodidad del traslado, además de buena atención debido al amañe de la mayoría de los concesionarios en contubernio con administraciones locales y federales que nos ofrecen vehículos Transformes de tan maltratados y ensamblados.
Parte de nuestra cotidianidad, es posible ubicar a choferes y números de los vehículos por el uso continuo o que afectuosamente se han bautizado en México con motes de animales (Cocodrilos, Ballenas, Delfines, Orugas), marcas (Combis, Metro -abreviatura de Metropolitan Line-), costos (Pesera) y homenajeados en la cultura fashionable.
La música da cuenta del desamor en el Metro Balderas, de la nostalgia al ver un Cocodrilo por las calles, así como la Historia de un taxi confesionario y el cine nos ha brindado las escenas icónicas del inesperado desenlace de The Graduate (Nichols, 1967), la entrañable parada del Catbus en Mi vecino Totoro (Miyasaki, 1988) y el transporte como eje de la trama en La ilusión viaja en tranvía (Buñuel, 1954), la infravalorada The Evening Bus (Baker, 2014) y la sardónica The Large Bus (Frowley, 1976), que parodia a las películas de desastres de su época.
Imprescindible el transporte público y sus conductores; reconociendo su labor de estar de largas jornadas con trayectos kilométricos, semáforos a la menor provocación, ascenso y descenso de pasaje, comer a deshoras y que nos ofrecen la mejor versión de un héroe o villano cotidiano, en claro homenaje involuntario al Physician Jekyll y Míster Hyde al volante.
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” Fuentes agoragto.com ”
