La inflación general en México cerró junio en 3.37%, su nivel más bajo en años. Sobre el papel, las familias mexicanas deberían estar respirando. Pero los números del INEGI cuentan otra historia: la canasta básica alimentaria subió 6.3% anual en mayo, casi el doble que la inflación general, y una persona necesitó 2,597 pesos al mes solo para cubrirla en zonas urbanas. La papa, el aguacate y el pollo siguieron subiendo en junio. Lo que baja en los titulares no siempre coincide con lo que sube en el carrito.
Esa brecha entre la macro y la mesa no es nueva. Lo que sí es nuevo es lo que ocurre en paralelo: cada mexicano desperdicia entre 80 y 105 kilogramos de alimentos al año, según estimaciones de la UNAM de 2025. Con los precios actuales, eso no es solo un dato ambiental, es una fuga financiera. En términos agregados, el desperdicio de alimentos en México tiene un costo estimado de 25,000 millones de dólares al año, equivalente al 2.5%
del PIB.

En tiempos de incertidumbre, el consumo se desacelera. Si la comida ya fue producida, transportada y almacenada y no se vende a tiempo, se desecha y ese costo vuelve al precio, por lo que es absorbido por el consumidor a través del alza de precios, explica Brenda Cárdenas, Directora de Marketing y Relaciones Institucionales de Cheaf en México, la plataforma que convierte el excedente de establecimientos de alimentos en oportunidades de rescate a precios reducidos,
La presión del bolsillo puede hacer lo que años de educación alimentaria no lograron: cambiar hábitos. Y el resultado, casi siempre involuntario, es que cada vez más familias mexicanas busquen comer mejor, gastar menos y tirar menos comida; incluso optando por alimentos próximos a su fecha de consumo preferente, que llegan al carrito con descuentos que la inflación hace cada vez más atractivos.
En la mayoría de los casos no es altruismo o conciencia ambiental, es inteligencia financiera aplicada a la mesa. Y el efecto secundario de esa decisión es exactamente lo que buscamos desde la app: que cuidar el presupuesto y reducir el desperdicio sean la misma elección, apunta Cárdenas.

México no solo tiene un problema de precios. Tiene un problema de aprovechamiento. Y
una parte significativa de ese problema se resuelve desde la cocina y las elecciones que se
toman en materia de alimentación diaria.
Cinco hábitos sostenibles en la mesa que ayudan al bolsillo
No hay fórmula secreta. Lo que distingue a los hogares que estiran mejor su presupuesto
alimentario es una combinación de hábitos simples que van a contracorriente del consumidor mexicano promedio: ese que compra por costumbre, planea poco y tira sin contabilizar. Una encuesta de Cheaf realizada este año en Ciudad de México, Guadalajara y
Monterrey lo ilustra con precisión: sólo uno de cada 10 mexicanos calcula con precisión lo que necesita comprar para una reunión y el 34% compra de más cuando encuentra promociones o combos. El hábito de la abundancia tiene un costo que pocos contabilizan.
Aquí cinco hábitos que la empresa recomienda para generar un mejor aprovechamiento del
presupuesto alimentario: Comprar por temporada, no por costumbre. Comprar lo que el mercado tiene de más por temporada, como hacen los cocineros profesionales, puede reducir el ticket del súper hasta un 40% sin sacrificar calidad ni variedad y fomentar una alimentación balanceada.
Entender la diferencia entre caducidad y consumo preferente. La fecha de consumo preferente indica que el fabricante ya no garantiza las condiciones óptimas, pero el producto sigue siendo perfectamente seguro. Entenderlo lleva a aprovechar lo que antes se tiraba. Es la lógica detrás de las tiendas físicas de rescate de alimentos: puntos de venta donde marcas de consumo y locatarios ofertan sus excedentes empaquetados —frutas y verduras, abarrotes, panadería— antes de retirarlos del anaquel, y los consumidores los adquieren a la mitad del precio original sin saber exactamente qué encontrarán, solo la categoría. Cheaf, acaba de abrir su segunda sucursal física en Mercado Roma, sumándose a la de Portales en Ciudad de México, donde los productos pueden recogerse en tienda o recibirse a domicilio por un costo adicional.

Cambiar el horario y opción de compra, no el presupuesto. El rescate de alimentos tiene horario. Panaderías, cafeterías y restaurantes suben sus excedentes en diferentes momentos del día, así que se pueden “cazar” ofertas y descubrir nuevos platillos, alimentos
o establecimientos sin salirse del presupuesto.
Planear el menú después de ver qué hay, no antes. La compra por excedente obliga a improvisar, y eso está resultando en cocinas más creativas y menos desperdicio doméstico.
El menú no empieza en la receta, empieza en lo que se encuentra disponible o a buen precio. Es la lógica de los buenos cocineros de siempre, redescubierta por necesidad.
Congelar con intención, no por pánico. Cuando algo está en precio o próximo a su fecha de consumo preferente, congelarlo es la diferencia entre aprovecharlo y tirarlo. Pan artesanal, proteína, fruta madura para smoothies: el congelador bien usado puede reducir el gasto semanal en alimentos hasta un 20% sin cambiar nada más en la rutina.
El consumidor mexicano no bajó sus estándares, simplemente está cambiando su lógica. Eso, que empezó como una respuesta a la inflación, está construyendo algo más duradero:
una forma distinta de valorar lo que se pone en la mesa y de aprovechar mejor los recursos
del planeta, concluyo Cárdenas.
