
Por: Sergio E. González Rubiera
Leyendo he estado en últimos tiempos a Cicerón, el filósofo, político y orador romano y sobre otros grandes pensadores de la antigüedad y me sorprende sobremanera, la similitud que encuentro en algunas situaciones que a más de dos mil años prevalecen tanto en los comportamientos de la sociedad actual, como en la política y en el pensamiento, aunque hoy quizá, la diferencia sea el poco tiempo que se dedica al pensamiento profundo y la reflexión.

Las reflexiones de Cicerón sobre Beneficencia y Liberalidad, me hacen pensar en los programas sociales de la actualidad, como esos que se han dado en llamar, del bienestar.
Dice Cicerón que esto de la beneficencia y la liberalidad tiene dos aspectos, pues se actúa bondadosamente en bien de los necesitados o a base de obras o base de dinero. Esto último es más fácil, sobre todo para alguien rico, pero lo primero es más espléndido y brillante y está más acorde con un varón fuerte y esclarecido. En efecto, aunque en ambos hay una generosa intención de complacer, una se saca del arca, la otra de la virtud; y el reparto que se hace usando el patrimonio consume la fuente misma de la generosidad.

Así, la generosidad quita la posibilidad de ser generoso: cuanto, en favor de más personas, la hayas usado, tanto menos puedes usarla en favor de otras muchas.
Así, se puede entender desde la óptica del filósofo aplicada a la actualidad, que por más “generosos” que quieran ser quienes reparten dinero, en alguna medida el recurso tendrá que ser finito.

Y aún parafraseando al Gran Cicerón, aunque es más atractivo lo que se da directamente, como en mano, la posteridad agradece más aquellos desembolsos mejores, como murallas, ataranzas, puertos, acueductos y cuanto esté relacionado con las necesidades de la república.
En otras palabras, sería mucho más valorada en la posteridad, la obra en infraestructura, que la dádiva entregada en mano, que en teoría “alivia” ipso facto, pero que no conduce en el mediano y largo plazo a mejor calidad de vida.
Y entrando en el plano de la obra pública, habría que asegurarse de que la misma, sea realmente de utilidad, que se realice correctamente y que en verdad satisfaga cabalmente una necesidad de la sociedad a la que se sirve. En ese sentido, se planifican, construyen y desarrollan innumerables obras que o bien resultan inútiles, o que se convierten en riesgosas, y pero aún, que en su desarrollo se ha favorecido a grupos en particular, traduciéndose en lo que hoy llamamos corrupción y tráfico de influencias.
Particularmente, he opinado siempre que el puente que se construye en la Laguna Nichupté, que habrá de conectar al centro de Cancún con la zona hotelera, será inútil, o cuando menos no servirá para el propósito que se pretende, toda vez que la verdadera necesidad es inhibir el uso del automóvil y con ello reducir el caos, por lo que la solución no es puentes y vías para transportar más autos, sino medios para transportar más personas, pero en condiciones dignas, de calidad, oportunidad y de movilidad modernas.

Es claro que cuando Cicerón se refería a las necesidades de la república y la posteridad, pensaba en el ciudadano como centro de actuación y no en el político como el centro de atracción.
De hecho, brillantemente dice Ennio:
“Obras buenas mal situadas malas obras, creo son.”
En la actualidad, dada la narrativa que inteligentemente decidió emprender el régimen, se ha establecido una injusta e ignominiosa diferencia entre ricos y pobres, restándole merito a unos y concediendo un aparente beneficio a otros, beneficio que solo se ha dado en el discurso, pero que ha detonado una importante y muy seria división en la sociedad.

Cito de nueva cuenta a Cicerón, cuando en sus cartas a su hijo dice que es mejor emplear las atenciones en personas buenas que en adineradas. Con carácter general, hay que poner los medios para poder cumplir con todas las clases; pero, si se llega a una disyuntiva, está claro que hay que tomar como experto a Temístocles: cuando uno le consultó si casar a su hija con un varón bueno y pobre, o con uno menos íntegro pero rico, dijo: “Yo prefiero a un hombre de bien con falta de dinero antes que dinero con falta de hombría de bien”.
Las costumbres se han arruinado y han degenerado por la veneración de las riquezas.
Paréceme que hasta aquí, he podido compartir y acaso ilustrar un poco a mis ocho lectores al respecto de la beneficencia y la liberalidad, utilizando mis lecturas sobre el gran filósofo Cicerón, aunque el tema es muchísimo más amplio y complejo. Habré de abundar en próximas entregas si me lo permiten, así como en el asunto que apasionado me tiene, sobre l

disertación respecto de la Honorabilidad y lo útil… ¿Es la utilidad siempre honorable?… y ¿Lo que es honorable es siempre útil?… parece que sí, siempre que no haya ignominia, porque en tal caso ya no existe ni honor ni utilidad… de eso y otras cosas, similares, seguirán mis siguientes entregas.
Hasta la próxima.
Al Buen Entendedor…