{"id":527832,"date":"2023-05-06T04:19:18","date_gmt":"2023-05-06T04:19:18","guid":{"rendered":"https:\/\/dimensionturistica.com\/es\/?p=527832"},"modified":"2023-05-06T04:19:18","modified_gmt":"2023-05-06T04:19:18","slug":"jaime-bayly-dos-noches-en-barcelona-mundo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/dimensionturistica.com\/es\/jaime-bayly-dos-noches-en-barcelona-mundo\/","title":{"rendered":"Jaime Bayly: Dos noches en Barcelona | MUNDO"},"content":{"rendered":"<p> <br \/>\n<\/p>\n<div id=\"\">\n<p class=\"amp-story-content__news-text \"><b>El vuelo de American a Barcelona, de no mediar contratiempos, durar\u00e1 nueve horas. Por fortuna, despega a tiempo. De inmediato bajo las cortinas, reclino el asiento 1L y me dispongo a ver la \u00faltima pel\u00edcula de Spielberg, The Fabelmans, en la que cuenta c\u00f3mo, desde ni\u00f1o, se enamor\u00f3 del cine, desde aquella primera escena de un tren chocando con un auto que, junto a sus padres, vio en la pantalla grande, maravillado. Sin embargo, el audio no funciona: se ven las im\u00e1genes, pero no hay volumen. Llamo a la azafata. Le pido ayuda. Sin demasiado entusiasmo, ella trata de reparar el sistema de audio, pero fracasa una y otra vez. Luego, para mi asombro, me sugiere ver la pel\u00edcula sin volumen, con subt\u00edtulos. Tratamos de activar los subt\u00edtulos: tampoco funcionan. As\u00ed las cosas, la azafata se desentiende del problema, me mira con ol\u00edmpico desinter\u00e9s y bromea:<\/b><\/p>\n<p class=\"amp-story-content__news-text \"> -Bueno, por suerte es un vuelo corto.<\/p>\n<p class=\"amp-story-content__news-text \">He pagado una fortuna por ese asiento y la aerol\u00ednea me niega el placer de ver pel\u00edculas, mientras cruzamos el oc\u00e9ano. Le pregunto a la azafata si puede cambiarme de asiento. Me dice que no. Le pregunto si todo el sistema de audio del avi\u00f3n est\u00e1 averiado. Me dice que no: los dem\u00e1s pasajeros ven sus pel\u00edculas con volumen, solo yo soy el bobo de la mala suerte. Contrariado y furioso como estoy, no me queda m\u00e1s remedio que abrir la computadora y arrojarme a escribir. Durante las nueve horas que dura el vuelo, escribo como un loco suelto, desatado, como un suicida en vuelo rasante kamikaze, como un hombre sin familia y sin amigos, sin honor y sin prestigio, sin futuro y sin miedo, sobre todo eso, sin miedo y sin futuro, dispuesto a morir apenas termine de escribir aquella novela inacabada, interminable, que llevo maliciando hace a\u00f1os.<\/p>\n<p class=\"amp-story-content__news-text \">Poco antes de aterrizar, me permito el comedido placer de desayunar un yogurt con granola y unas frutas. Llevo dos semanas haciendo dieta. No quiero que mis lectores en Barcelona me vean gordo, gord\u00edsimo. No quiero que mi obesidad les ofenda y decepcione, que mi tejido adiposo les haga dudar de mi talento literario o de mi amor a la vida o a mi esposa. Pero es cierto que estoy gordo porque soy un hombre sin futuro y sin miedo, listo para morir. He publicado una quincena de novelas en el reino de Espa\u00f1a, he sido padre de tres hijas, he tenido dos esposas, he vivido la vida insolente que me ha dado la gana de vivir. Cuando sea el momento de morir, no habr\u00e1 remordimientos, no pensar\u00e9 que, por cobard\u00eda o por desidia, viv\u00ed la vida equivocada, la vida honorable, en el armario, la vida con miedo y con futuro.<\/p>\n<p class=\"amp-story-content__news-text \">Por suerte, el aeropuerto de Barcelona est\u00e1 despoblado de mares humanos cuando bajamos del avi\u00f3n. Es ciertamente m\u00e1s agradable llegar al aeropuerto de Barcelona que al de Madrid. Este \u00faltimo es una aut\u00e9ntica pesadilla, una laber\u00edntica ciudadela de muchedumbres api\u00f1adas, trenes que apestan a sobaco y ascensores que te suben y bajan al caos mismo. En cosa de minutos, paso los controles y busco al chofer que deber\u00eda estar esper\u00e1ndome con un cartel que diga Mr. B. Pero me acerco a todos los choferes con carteles y ninguno me espera. Lo mismo me pas\u00f3 en diciembre, al llegar a Buenos Aires. Es una leve contrariedad, una m\u00ednima decepci\u00f3n, una lecci\u00f3n de humildad. Sin perder el tiempo, camino a la hilera de taxis amarillos y tengo la buena suerte de subir a una camioneta moderna, que huele bien, conducida por una se\u00f1ora canosa, amable, educada, que no fuma, enhorabuena. No hay tr\u00e1fico, es un s\u00e1bado a las siete de la ma\u00f1ana, en menos de media hora hemos llegado al hotel, en pleno Paseo de Gracia.<\/p>\n<p class=\"amp-story-content__news-text \">Cuando sali\u00f3 mi primera novela, hace treinta a\u00f1os, mis editores catalanes de Seix Barral me alojaron en el hotel Condes de Barcelona. Luego, cuando pas\u00e9 a Anagrama y gan\u00e9 el Herralde, me subieron de categor\u00eda al hotel Majestic, tambi\u00e9n en el Paseo de Gracia. M\u00e1s adelante, descubr\u00ed el hotel Claris, m\u00e1s tranquilo, m\u00e1s refinado, menos tumultuoso, menos expuesto al ruido, y all\u00ed me aloj\u00e9 muchos a\u00f1os, disfrutando de las obras de arte que exhibe su due\u00f1o y de la amabilidad del personal. Sin embargo, mi luna de miel con el Claris se interrumpi\u00f3 cierta vez, hace m\u00e1s o menos una d\u00e9cada, cuando una recepcionista argentina entr\u00f3 en mi habitaci\u00f3n sin tocar la puerta tan siquiera, me encontr\u00f3 en situaci\u00f3n \u00edntima con mi pareja y me dijo a viva voz que ya era mediod\u00eda y deb\u00eda marcharme de inmediato, pues mi reserva expiraba ese d\u00eda: qued\u00e9 muy impresionado por la brusquedad de la mujer, que no respet\u00f3 la circunstancia er\u00f3tica ni enmudeci\u00f3 ante mi improbable erecci\u00f3n. Desde entonces, he sido hu\u00e9sped del Mandarin, con resultados desiguales. Debe de ser el mejor hotel de Barcelona: se come bien, la piscina es estupenda, los colchones y las almohadas resisten a un cachalote como yo, pero, todo hay que decirlo, las tarifas son elevadas. Tal vez por eso el hotel ha perdido dinero y est\u00e1 en venta. En cualquier caso, esta \u00faltima estancia en el Mandarin fue perfecta, a no ser por el chofer que no me esper\u00f3 en el aeropuerto.<\/p>\n<p class=\"amp-story-content__news-text \">Viaj\u00e9 solo, sin mi esposa, sin nuestra hija, porque era un viaje de apenas dos d\u00edas: llegar el s\u00e1bado por la ma\u00f1ana y volver a Miami el lunes por la ma\u00f1ana, es decir, una paliza. Como hace muchos a\u00f1os me he acostumbrado a pagarme yo mismo los aviones, los hoteles y los restaurantes para asegurarme la m\u00e1xima comodidad (mi trasero ha viajado mucho y merece los mejores asientos, las mejores camas), en esta ocasi\u00f3n, como en los viajes literarios que seguir\u00e1n en las pr\u00f3ximas semanas a Bogot\u00e1 y Buenos Aires, me pagu\u00e9 el billete a\u00e9reo y una suite con vistas al jard\u00edn. He aprendido a que es mejor no pedir anticipos a las editoriales y no pedirles tampoco que me paguen los viajes. Gracias a mi trabajo de casi cuatro d\u00e9cadas en las televisiones de Am\u00e9rica, y a dineros de familia que me han sido dados sin merecerlos, puedo viajar como si fuera un escritor de \u00e9xito, como Vargas Llosa o P\u00e9rez Reverte, como Jorge Fern\u00e1ndez D\u00edaz o Javier Cercas, y ciertamente no lo soy, juego en ligas menores, aunque esta \u00faltima novela, \u201cLos genios\u201d, est\u00e1 vendi\u00e9ndose bien, precisamente porque la trama no recrea un pedazo de mi vida, sino las vidas de dos genios inmortales como Garc\u00eda M\u00e1rquez y Vargas Llosa y, en particular, el pu\u00f1etazo que este le propin\u00f3 a aquel.<\/p>\n<p class=\"amp-story-content__news-text \">El mismo s\u00e1bado, despu\u00e9s de dormir unas pocas horas, camino a la librer\u00eda Finestres, a cuatro calles del hotel. En la puerta me espera un hombre vestido con una armadura met\u00e1lica, una espada desenvainada y una barba postiza. Habla en espa\u00f1ol con marcado acento argentino. Me dice que se llama Alonso Quijano y que est\u00e1 all\u00ed para felicitarme y ser mi amigo. Es un loco o un genio, no lo s\u00e9, pero lleva una camarita digital y me hace unas preguntas al paso y por supuesto lo trato con simpat\u00eda. Luego entro en la librer\u00eda y hay una larga fila de unas ochenta o cien personas que me reciben con v\u00edtores y aplausos, como a un pol\u00edtico en campa\u00f1a. Enseguida me siento a la mesa donde debo firmar ejemplares, deslizo un caramelo de menta en mi lengua para no espantar a los lectores con mi aliento rancio de viajero en dieta y empiezo a firmar ejemplares de \u201cLos genios\u201d y mis novelas precedentes. Una primera observaci\u00f3n salta a la vista: de cada diez lectores, ocho o nueve son latinoamericanos: peruanos, venezolanos, colombianos, argentinos, ecuatorianos, cubanos, costarricenses, guatemaltecos, es decir, que muy pocos son espa\u00f1oles. Una segunda observaci\u00f3n: las mujeres son amplia mayor\u00eda, pero ya sabemos que ellas leen m\u00e1s ficciones que los hombres. Una tercera observaci\u00f3n: todos quieren fotos, y no una sino varias, y a menudo piden adem\u00e1s saludos grabados en video a viva voz. Entregado por completo a hacer felices a mis lectores, hago exactamente lo que ellos me piden. Dos horas y media despu\u00e9s, hemos terminado y cae una lluvia fina, casi imperceptible, en la terraza de la librer\u00eda.<\/p>\n<p class=\"amp-story-content__news-text \">Estoy impaciente por volver andando al hotel, pero la asistenta de la editorial, una mujer joven y briosa, me pide ir a una fiesta del peri\u00f3dico La Vanguardia. Le digo que estoy extenuado, que no me apetece, que no deseo encontrarme con cierta gente indeseable que trabaj\u00f3 con mis libros. Sin embargo, mi gu\u00eda o chaperona insiste. Como estoy tan fatigado, le ruego que no caminemos, que subamos a un taxi. Ya en el auto, el tr\u00e1fico es espeso, agobiante. Estoy enfadado, no quiero ir a la fiesta, pero al parecer me esperan, debo ser amable. Sin embargo, pocos minutos antes de llegar, nos llaman de la fiesta e informan que el fot\u00f3grafo que me esperaba ya se retir\u00f3 y la fiesta est\u00e1 agonizando. Para mi fortuna, el plan aborta y volvemos al hotel.<\/p>\n<p class=\"amp-story-content__news-text \">Despu\u00e9s de comer una ensalada y beber un zumo verde (se\u00f1ales de que persevero con la dieta), tomo mis pastillas y espero el sue\u00f1o. Al d\u00eda siguiente, mi alma o mi esp\u00edritu ha llegado ya a Barcelona. He podido descansar, el tiempo est\u00e1 espl\u00e9ndido, camino hasta la plaza de Catalu\u00f1a, el primer punto donde firmar\u00e9 ejemplares. Al llegar, de nuevo me aplauden. Firmo y firmo y firmo; sonr\u00edo y sonr\u00edo y sonr\u00edo; abrazo y beso, beso y abrazo; agradezco con toda la paciencia y la humildad que soy capaz de convocar. Dos horas despu\u00e9s, me encuentro firmando en la mesa de otra librer\u00eda, en la avenida Diagonal con el Paseo de Gracia. All\u00ed ocurren algunos encuentros sorprendentes, inesperados: un joven vestido de blanco me habla maravillas de Trump; un catal\u00e1n de paquete abultado me deja una nota dici\u00e9ndome que quiere follarme; una se\u00f1ora guapa me dice que ha viajado desde Israel y me invita a cenar esa noche. Yo les sonr\u00edo a todos y me hago el tonto. Acabada esa sesi\u00f3n, mi asistenta y yo entramos al bar del Majestic y pido jam\u00f3n ib\u00e9rico, tabla de quesos y aceitunas. Una hora m\u00e1s tarde, toca firmar en la \u00faltima de las librer\u00edas. Son ya las ocho de la noche, oscurece, de pronto hace fr\u00edo, un viento p\u00e9rfido se desliza por debajo de la mesa y me congela los pies. Entonces empiezo a estornudar y toser, un espect\u00e1culo del todo ingrato para mis lectores. De s\u00fabito, mientras firmo lo de siempre (con todo mi cari\u00f1o, o con afecto y gratitud), estoy tosiendo, estornudando, expectorando gargajos en mis pa\u00f1uelos blancos, dando una impresi\u00f3n fr\u00e1gil y bochornosa ante mis lectores. No doy m\u00e1s, no puedo m\u00e1s, no tengo m\u00e1s sonrisas, m\u00e1s palabras, m\u00e1s firmas. Quiero irme de all\u00ed. Quiero darme una ducha caliente y meterme en la cama. Dos horas despu\u00e9s, ya resfriado, llego al hotel, cargado de libros y regalos, de chocolates y rosas. Mi adorable asistenta me entrega todo y, al coger una rosa, me clavo una espina en el dedo y cae una gota de sangre. Por amor a mis lectores, estoy enfermo, estoy sangrando.<\/p>\n<p class=\"amp-story-content__news-text \">Son entonces las once de la noche en Barcelona y a las once de la ma\u00f1ana debo salir al aeropuerto. A continuaci\u00f3n, tomo tantas pastillas para dormir, en varias sesiones fragmentadas de sue\u00f1os m\u00f3rbidos, que o bien llegar\u00e9 recuperado al vuelo a Miami, o morir\u00e9 de una sobredosis en un hotel de Barcelona.<\/p>\n<p class=\"amp-story-content__news-text \">Al despegar puntualmente el avi\u00f3n, de nuevo en el asiento 1L, elijo ver The Fabelmans. Esta vez s\u00ed hay volumen. Sonr\u00edo, con la sensaci\u00f3n del deber cumplido. Diez horas m\u00e1s tarde, aterrizamos en Miami y conduzco como un demente hasta el estudio de televisi\u00f3n para presentar el programa en directo.<\/p>\n<h2 class=\"\"><mark class=\"hl_yellow\"><b>ESTE VIDEO TE PUEDE INTERESAR<\/b><\/mark><\/h2>\n<p><amp-jwplayer data-player-id=\"UAwoVtxC\" data-media-id=\"fVcGwqOt\" layout=\"responsive\" width=\"16\" dock=\"#my-dock-slot\" height=\"9\"\/><\/p>\n<p> <!-- -->Declaraciones Mirtha Vasquez: &#8220;En Puno siguen en protesta&#8221;<\/p>\n<\/div>\n\n<p><em> &#8221; Fuentes peru21.pe &#8221; <\/em><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El vuelo de American a Barcelona, de no mediar contratiempos, durar\u00e1 nueve horas. Por fortuna, despega a tiempo. 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