Los Caballeros de Cristo, la orden militar portuguesa heredera de los templarios, convirtió Tomar en su sede en territorio luso, fundando este Convento de Cristo el año 1162, como un pequeño cenobio de clausura para aquellos monjes-soldados, rodeado por las murallas del Castillo de Tomar. En conjunto abarca desde el estilo románico puro al primer Renacimiento, que empezó a perfilarse en Portugal durante el reinado de Juan III. Hoy, este monumento, Patrimonio de la Humanidad desde 1983, está considerado una joya excepcional del patrimonio religioso luso.
A vista de pájaro, la belleza, las dimensiones y la complejidad arquitectónica de este recinto es sorprendente. Protegido por un lienzo de murallas, incluye un acueducto por el que llegaba el agua. Dentro de su perímetro conserva el Castillo de la Alcazaba y el de Almedina, las primeras estructuras en erigirse a partir del año 1160, con una Torre del Homenaje románica aún en pie, erigida sin estar adosada a ningún muro.
Una de las estancias más bellas del Convento de Cristo es la Sala Capitular, iniciada en estilo manuelino, pero concluida en el primer Renacimiento portugués. En esta estancia se puede admirar una ventana manuelina que es un icono de este estilo, posiblemente dedicada a la época de los Grandes Descubrimientos marítimos. Su decoración es bellísima.
Pero sin duda, una de las piezas más sorprendentes del recinto de Tomar es la Girola, ejemplo de románico puro y posiblemente concebida como capilla funeraria, aunque fue ampliada con posterioridad en el siglo XVI. Legado de los templarios, es una de las pocas iglesias de planta centrada polígona que se conocen. Posteriormente se completó con una iglesia alrededor, un arco de triunfo y un portal fenomenal.
El recinto monumental se completa nada menos que con siete claustros magníficos: el de los Cuervos, el Micha, el de Santa Bárbara, el de la Hospedería, el de Lavagens, el Principal y el del Cementerio.
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