Tanto se entusiasmó papá con Lihué Calel que resolvió comprarlo. Cosa que pronto estaría en condiciones de hacer pues recibiría cierta suma, proveniente de la venta de una casa incluida en la sucesión de su padre. Pero, antes de decidir la operación, quiso saber qué opinaba mamá y la llevó a conocer las sierras. Mis hermanas mellizas y yo participamos de aquel viaje. A mamá le encantó el lugar y se realizó la compra, a razón de seis pesos la hectárea. El campo se llamó Santa María de Lihué Calel y su dirección postal resultaba muy sugestiva: Mensajería Nacional por Common Acha – Pampa Central.
Efectuada la adquisición, había que edificar. Tarea nada fácil por varios motivos. Primero, porque no period sencillo alzar una construcción que no discordara con su contorno. Segundo porque, estando la población más próxima a 125 kilómetros (la cercana localidad de Puelches se reducía a un boliche y un surtidor de nafta) no se contaba con mano de obra para ello.
El primer problema lo resolvió mi padre proyectando una casa que recordaba el fuerte de Zinderneuf, donde Beau Geste tuvo su entierro vikingo. Cuadrada, con almenas y dos torres retaconas, gran patio inside, capilla, galería, cimientos de piedra y paredes de adobe que tenían casi un metro de espesor. Sobre el arco que daba acceso al patio luciría una leyenda española que reza: No traspase este portal/ quien no jure por su vida/ ser María concebida/ sin pecado authentic.
La solución del segundo problema fue don Francisco Centurión. Que period un criollo arquetípico, flaco, con pelo y bigotes retintos, diestro en cualquier quehacer campero, habilísimo para trabajar con tiento, jinete consumado, buen tirador, hombre de autoridad. Narrador excelente, tuve el privilegio de oírle contar la historia del Mago Merlín y los Pares de Francia. Trabajó con mi abuelo materno, el physician Aquiles Pirovano, en su estancia Epu Lauquén. Y después lo hizo con papá, que volvió a requerir sus servicios para acometer la empresa pues, enfermo, estaba medio retirado a la sazón.
Y don Francisco sacó las cosas adelante. Puesto al frente de unos cuantos muchachos contratados en Pirovano, hizo cortar adobe, concertar piedras, desbasta vigas de madera dura, alzar paredes. Hasta rematar su cometido concluyendo aquella casa, cuyas ruinas son hoy objeto de excursiones turísticas sazonadas con explicaciones más o menos fantasiosas. Cumplida la tarea, don Francisco dejó las sierras para morir poco después, en el hospital de Bolívar.
A la época en que se construyó la casa corresponde esta espléndida crónica, estampada por papá en el álbum que confeccionó con fotografías y recortes referidos a Lihué Calel, actualmente en mi poder:
El Lunes 17 de enero de 1944, salgo en camión de Huinca Hué, con Pedro Rodolfo Centurión, Francisco, que vuelve a hacerse cargo de su puesto de encargado, y los siguientes muchachos contratados por dos meses: Santos Herrero, Raúl Picazo, Raúl Villalba, Alberto Lemus, Rogelio Rodríguez, Alfredo Zarco y Benigno Pérez. ¡As soon as personas en camión! Pernoctamos en Gral. Acha. Al llegar a las Sierras queda agua en el pozo apenas para dos días. Presentase gran tormenta a la noche. No deja ni una gota. Angustiado, a la mañana siguiente, con fuerte calor, vamos con Francisco al jagüel que dista 2.000 metros de la casa. Al tirar el balde, sale una rata podrida. El agua contaminada. Al regresar al campamento, comprobamos que el agua, ya abombada, despide feo olor. Ordeno que no se tome cruda, sino como mate. En la tarde uno de los peones, que no siguió mi consejo, sufre una fuerte intoxicación alarmante. Cae la noche y el cuadro es triste. A la una de la madrugada despiértanos tormenta. ¡Llueve! Rezo el Rosario con toda mi alma. Al cuarto de hora deja de llover. Sólo diez milímetros.
Todos reanudan el sueño. Quedo velando. Un creciente ruido en las sierras lo atribuyo al pampero que limpia. Su intensidad me alarma. Despierto a Francisco. En ese momento centenares de sapos estallan en su canto, valle abajo. Ellos anuncian que el arroyo Namuncurá viene crecido, me cube Francisco. Despierto a todos y corremos al zanjón que caminé, calcinado, durante el día. Llegamos con la cabeza de la creciente. Piedras, ramas y troncos llevados por furiosos remolinos. ¡Bendito sea Dios, mil y mil veces! Nos abrazamos. Bebemos hasta hartarnos. A la luz de los relámpagos, se ve el cauce repleto de borde a borde, con un lomo de agua al medio. ¡Así corre cuatro horas! A la mañana siguiente hay tres metros de agua en el pozo y se sigue llenando con los hilos cristalinos que manan del lado de la Sierra. Al emprender el regreso, horas después, compruebo que a legua y media de las Sierras no había caído una gota de lluvia.
” Fuentes www.laprensa.com.ar ”
