El ‘rating’ que publica cada año la Universidad de Shanghái (el Educational Rating of World Universities) nos ha permitido conocer las 1.000 mejores universidades del mundo, según su criterio, claro está. Más allá de esta lista, que no suele variar mucho de un año para otro, me gustaría centrarme en el tema de las clasificaciones.
A diario conocemos tablas clasificatorias que dan a conocer cosas como ‘Los 50 mejores restaurantes del mundo”, listado ideado hace 20 años por un grupo británico de comunicación que en su última edición ha galardonado con el puesto de bronce al restaurante Disfrutar de Barcelona (el oro nos queda bastante lejos, en Copenhague).
Los mejores hoteles del mundo también tienen su ‘rankin’ de prestigio, los World Gold Listing, que este año lo encabeza uno situado en medio de un oasis, en el desierto de Abu Dabi y al que seguro tienes que llegar atravesando infinitas dunas a lomos de un camello.
Además de universidades, restaurantes y hoteles existen ‘rankings’ sobre las mejores ciudades para vivir, las mejores películas y un largo etcétera. Tan largo y tan etcétera que yo me pregunto si son fiables estas listas. A pesar de la frecuente discusión sobre su metodología y resultados, ¿por qué casi nadie niega su relevancia?
Sin duda, nos encanta comparar, valorar, posicionar, saber quién es el mejor o el peor en algo y de todo ello podría culpar a la globalización (aquí el cambio climático no tiene nada que ver) pero tampoco sería justo. La culpa es de quién se toma estas listas muy en serio sin cuestionar nada.
A propósito, y para que se enteren en Shanghái, soy estudiante de comunicación en la UOC, para mí, la mejor universidad del mundo, aunque en su lista no aparezca.
” Fuentes www.elperiodico.com ”
