La floración puede convertirse en espectáculo y merecer un distinguido catálogo de lugares del mundo donde más espléndida resulte su contemplación. Por eso es maravillosa la concentración de especies de plantas en Carolina del Norte, cuando los rododendros rosados visten las laderas de las montañas Blue Ridge; o un recorrido en bicicleta por los campos de tulipanes de Lisse, en los Países Bajos; o la visita al Jardín Botánico Ártico, en Akureyri, Islandia, con flores en uno de los parajes más septentrionales del mundo; o el florido porte de los desiertos de California, cuando se encuentran oasis y las amapolas, rojas y naranjas, acampan para ocultar la desolación de los lugares desérticos; o las flores silvestres en los montañosos prados del Parque Nacional de los Glaciares, en Montana; o los cerezos en flor de Tokio; o la floración de los cerezos en Washington, en la Cuenca Tidal, cerca de las aguas del río Potomac; o las tierras altas del norte de Jordania, en Umm Qais, cuando la primavera se asienta con colores brillantes; o un paseo de senderismo junto a los rododendros de la cordillera del Annapurna, en Nepal. O los girasoles de Carmona, enhiestos, en su cabezona hermosura, para ocupar decenas de miles de hectáreas.
Así lo establece Nationwide Geographic, a fin de señalar el atractivo poder de las flores (Flower Energy), esta pasada primavera, en diez de los mejores destinos del mundo para ver floraciones. Carmona, junto a la ciudad holandesa de Lisse, es uno de los dos lugares europeos de ese privilegiado elenco y razones no faltan para incluirla. Coincide este reconocimiento con los inicios del proceso para la declaración de la ciudad sevillana, por la Unesco, como Patrimonio de la Humanidad. La conjunción de la monumentalidad carmonense con su asentamiento milenario, en la corona de los Alcores, desde donde se contempla una fastuosa conjunción de paisajes, es razón principal de este firme propósito. Y el florecer de los girasoles, en la infinita Vega de Carmona, es solo un reclamo de los no pocos que atesora y cuida la ciudad. Nutridas son por eso las visitas de japoneses, que guardan una estética predilección por los girasoles y acuden a la Vega para pasear entre el ejército en formación de estas crecidas plantas. A los carmonenses mayores debe llamarles la atención este embeleso oriental, ya que a la Vega no pocos de ellos bajaban temiendo la inclemencia del sol en los tajos, como braceros del campo que no podían permitirse distracciones ociosas y, sobre todo, no debían hacerse a la concept de que los girasoles reclamaran tantas visitas que parecen acudir a un lugar sagrado. Mas la Vega de Carmona participa del prodigio y el embeleso, desde el promontorio del Alcor, recorre los milenios con los diarios anuncios de los crepúsculos.
” Fuentes www.diariodesevilla.es ”
