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Series: crítica de “Inventando a Anna”, de Shonda Rhimes (Netflix)

Dimensión Noticias by Dimensión Noticias
febrero 12, 2022
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Series: crítica de "Inventando a Anna", de Shonda Rhimes (Netflix)


Las historias de ricos y famosos estadounidenses suelen ser un extraordinario materials para sequence televisivas como bien lo prueban productos como SUCCESSION, BILLIONS y muchos otros. Hay, convengamos, un placer entre aspiracional y morboso en ver las lujosas vidas y experiencias de personas que viven en un universo al que el 99 por ciento de los mortales no tiene acceso. Los nuevos y muy jóvenes millonarios de compañías on-line, además, transformaron a estos mundos en algo cool, idealizados vía Instagram, en donde suelen aparecer acompañados de estrellas de hip-hop, celebridades varias y en los lugares más paradisíacos del mundo. Es, claramente, un lugar en el que muchos quisieran vivir. Y si bien las sequence en cuestión muestran los problemas de esa vida, los ascensos y caídas de muchos de los que viven así, es difícil quitar la impresión de que la experiencia puede ser fascinante. Por más que uno termine después pagándolo con la cárcel.

La historia de Anna Delvey (Sorokin, en realidad) es una de esas que parecen creadas para este tipo de sequence, a tal punto que hay varias otras a punto de estrenarse sobre personajes similares, como es el caso de WECRASHED, sobre el curioso fundador de WeWork, el israelí Adam Neumann. Personajes que llegan a ese selecto mundo VIP con misteriosas y/o excéntricas historias por detrás y con un sueño por delante. ¿Estafadores? Quizás. Pero más que ninguna otra cosa se trata de personas que hacen lo que consideran necesario para meterse en ese círculo, por dinero, prestigio o fama. Y si eso incluye algunas mentiras, engaños o hasta estafas, que así sea.

Aparecida de la nada en Nueva York a mediados de la década pasada, rodeándose de a poco con empresarios y millonarios, Anna se presenta ante el mundo como una joven alemana hija de empresarios de mucho dinero que recibiría su «belief fund» (fondo fiduciario) de parte de su familia al cumplir sus 25 años, fondos de un valor que, Anna aseguraba, superaban los 60 millones de dólares. Ese «premio», en buena medida, la hizo congraciarse con buena parte de la gente de dinero y contactos en Manhattan, como si fuera una más de las tantas excentricidades que circulan por esos ámbitos. Y Anna es, decididamente, excéntrica.

Con un fuerte acento entre alemán y ruso, sabiendo con quien conectarse, los artistas y restaurantes correctos, las referencias adecuadas y la promesa de una gran billetera por detrás, la chica fue creciendo en la alta sociedad neoyorquina, aprovechando sus amistades y contactos para vivir en sus departamentos, comprar lo que quisiera con sus tarjetas de créditos, viajar de un lado a otro, alquilar barcos y aviones y hasta intentar adquirir un enorme edificio en Nueva York para montar su fundación («The ADF, The Anna Delvey Basis«, como la vendía), una suerte de membership privado para millonarios interesados en el arte que incluiría tres restaurantes, un resort de dos pisos y a los mejores artistas del mundo en pleno Manhattan. ¿El costo? Unos 40 millones. Según sus propias palabras, la chica podía pagarlo. Solo necesitaba un adelanto de dinero.

INVENTANDO A ANNA (INVENTING ANNA, en el authentic) recorrerá las asombrosas y bizarras aventuras de este personaje a lo largo de varios años. La serie se basa en una larga nota publicada en la revista New York (la pueden leer, en inglés, acá) pero se toma varias libertades en relación a ella. Además de cambiar muchos de los nombres por motivos seguramente legales, la serie creada por Shonda Rhimes le agrega una estructura a lo EL CIUDADANO, creando para la ficción el personaje de una periodista que se inspira en la actual pero con algunas diferencias. Es una mujer embarazada y con algunos problemas laborales en un medio (en la ficción es la revista Manhattan) en el que no se siente respetada. La tal Vivian Kent (interpretada por Anna Chlumsky, la actriz de VEEP aunque los más nostálgicos o maduros la recordarán como la niña que actuaba con Macaulay Culkin en MI PRIMER BESO) es la que se entera de la historia y se lanza a investigarla, en medio del juicio que a la chica le están haciendo por sus continuos desfalcos.

Las entrevistas que Kent va haciendo a las personas conectadas con Anna –muchas de esas entrevistas, desde una perspectiva periodística, parecen más chantajes que otra cosa– van armando la estructura de los episodios ya que la mayoría de estas personas se relacionaron con la chica durante algunas de sus etapas y engaños. Es así que la serie va pasando por celebridades de la moda, financistas, señoras que se dedican a la filantropía, millonarios de Silicon Valley, otros «hustlers» como ella, banqueros y conocidos que van conectando los puntos y armando la estructura de la trama. En paralelo, Vivian tiene una serie de reuniones con Anna en la cárcel de Riker Island en la que está encerrada esperando su juicio. Y ella, desde su perspectiva, aporta una versión un tanto distinta de los hechos en la que no solo no ha mentido jamás sino que adjudica sus problemas a la misoginia propia del «boys membership» en el que se solía mover.

En los flashbacks que ocupan gran parte del extenso tiempo que dura la serie –son nueve episodios de más de una hora cada uno, una duración claramente excesiva– es donde se luce Julia Garner (la actriz de OZARK en un papel muy diferente a ese) en el rol de Anna. Utilizando un acento desconcertante, vistiéndose siempre con las ropas más caras y correctas, pasando de modales muy bruscos a disaster de nervios violentas, su Anna es un personaje extraño, fascinante y bastante impenetrable. Se trata de una chica muy joven que se movía con astucia en un mundo de ricachones, impresionando a todos con sus conocimientos de arte, su look y sus contactos (y sus supuestos millones) al punto de que le daban sus tarjetas de crédito, le abrían cuentas bancarias y le conseguían lo que pidiera. No sin problemas. Esta es la típica historia en la que en todo momento parece que la van a descubrir, pero por algún u otro motivo que en retrospectiva parece inexplicable la chica seguía con su juego de estafas sabiendo, quizás, que ninguna de sus víctimas iría a denunciarla para que no las vieran humilladas por haberse dejado engañar.

La historia es fascinante y la serie lo sabe, aunque quizás confía demasiado en la fascinación que provoca estirando detalles más de lo necesario. Un par de párrafos de la nota authentic, por ejemplo, ocupan un episodio entero aquí. Pero la historia es lo suficientemente rica como para sostenerse pese a la extensión y, de hecho, se vuelve más interesante con el correr de los episodios. Lo que INVENTING ANNA hace muy bien es mostrar la banalidad snob de ciertas elites que confían ciegamente en «los suyos» y abren puertas en función de contactos y referencias sin realmente chequear información o datos. Quizás, al tener tanto dinero, que una chica se quede con unos cientos de miles de dólares no parece tan horrible si la aventura vale la pena. Tomarla como una suerte de «heroína de la clase trabajadora» que engañó a millonarios puede ser un exceso, pero tiene cierto sentido a fin de cuentas. Y los mejores momentos de comedia de la serie pasan por ahí, aunque en algunos casos se exceda en cierto chiste fácil.

La serie hace más ruido en su intención de explicar o justificar a Anna en relación al machismo y a la misoginia del mundo de los negocios. Es innegable que eso existe pero jugar con la concept de que el personaje es una feminista de ruptura por intentar engañar a los millonarios machos-alfa que controlan ese mundo es un tanto excesivo. Es, sí, un recurso de guión que sirve para conectar a Anna con Vivian, la periodista de clase media que está entre fascinada y horrorizada por las cosas que hizo y el mundo en el que vivió su entrevistada. Ella también está siendo ninguneada por su agresivo jefe en su trabajo (allí la ayudan en la investigación un trío de veteranos reporteros muy simpáticos que están «freezados» en la redacción, dejados de lado por su edad pese a sus talentos y conocimientos), tiene una relación complicada con su maternidad y puede entender al menos parte de las vivencias de la chica.

INVENTING ANNA es tan expansiva que hay lugar para decenas de actores, entre los que se cuentan Arian Moayed (el abogado de Anna, una presencia constante a lo largo de la serie), Laverne Cox, Anthony Edwards, Jennifer Esposito y Katie Lowes, entre muchos otros, en papeles que tienen sus episodios específicos. Y su mirada respecto a Anna es bastante más benévola de lo que puede parecer en un principio, entendiendo la complejidad de este personaje que puede ser oscuro y horrible pero a la que se presenta como una «self made lady» que se hizo a su manera. Una chica que armó un personaje, vivió la gran vida y transformó todo en un gran «pagadiós», un «mañana te transfiero el pago» que se estira al infinito y más allá.

El modo narrativo de la serie es, como en todas las producciones de Shondaland, muy pop, enérgico, veloz y musicalizado hasta la última coma. La intención es que el espectador nunca se aburra, algo que no siempre se consigue. Y si hace falta editar muchas escenas como si fueran publicidades, tirar nombres de celebridades todo el tiempo o mostrar las casas y hoteles más lujosas del mundo, que así sea. No se trata de una serie sutil ni nada por el estilo, no esperen acá diálogos a la altura de SUCCESSION (al contrario, esta lleno de explicaciones y exposiciones) sino una versión mucho más trash y hasta telenovelesca de la vida de los ricos, los famosos y los que quieren serlo, cueste lo que cueste.





” Fuentes www.micropsiacine.com ”

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