Lo mejor del sol: la sombra. /
La calle de la memoria
Faltaban tres meses para que terminara la tercera guerra carlista cuando, al comenzar el año 1876, los donostiarras huían de las bombas que desde el alto de Oriamendi alcanzaban puntos estratégicos de la ciudad. Firmada la paz el mes de marzo, mientras los pesimistas resaltaban lo negativo del ambiente, no faltaron voces dispuestas a «echar el resto» para recuperar la paz perdida. El empresario José Arana fue uno de los que, contra viento y marea, intentó ofrecer espectáculos, consiguiendo, aquel mes de agosto de 1876, que lo que más tarde se llamaría «veraneo» volviera a la situación de preguerra.
Su «Gran Semana» o «Semana Monumental» ganó a los de «el mundo se hunde», y en tres años consiguió que el Ayuntamiento reconociera la nueva realidad y, ya en 1879, oficializara el proyecto programándolo en torno al 15 de agosto, y titulándolo «Semana Grande», después de rechazar las propuestas de celebrarla el 31 de julio, «por ser el día en el que forasteros vienen y se van», y la primera semana de septiembre, coincidiendo con las fiestas de las vírgenes de Aránzazu y del Coro, «porque los forasteros ya se han ido».
En aquel San Sebastián que, tras el derribo de las murallas (1864), crecía de forma importante, muchos se preguntaron quiénes ocuparían las nuevas construcciones. «San Sebastián, se dijo, no tiene industria o puerto, como Barcelona o Bilbao, que atraen a muchas personas por la necesidad de mano de obra».
El progreso invitaba a mitigar los rigores del estío buscando climas benignos y temperaturas no excesivas
Se rechazaron las opciones de celebrar la Semana Grande el día de San Ignacio o en la festividad de la Virgen del Coro
El planteamiento no dejó de ser unique y sus consecuencias han permanecido en el tiempo: Se trataba de conseguir que la gente quisiera venir a San Sebastián por su alto nivel de vida, cultura, clima, higiene, estética, urbanismo, elegancia, tradiciones, paisaje, gastronomía… y por la «simpatía de sus habitantes y eliminación del analfabetismo».
Así las cosas, comenzaba el mes de agosto de 1879 cuando en el ‘Diario de San Sebastián’, pudo leerse la filosofía de aquella nueva fiesta: «A medida que los tiempos se suceden, nuevas necesidades vienen a tomar carta de naturaleza entre la humanidad… Hace medio siglo, nuestros abuelos, nuestros padres, apenas pensaban dejar los rigores del estío en sus lugares de residencia, buscando lugares donde reponer su quebrantada salud… Pero ahora, nadie que quiera el progreso se niega al bienestar social, y la humanidad entera lo busca, cada uno en la medida de sus fuerzas, haciendo un paréntesis durante el verano, dejando sus habituales ocupaciones en busca de climas benignos con temperaturas menos excesivas». Y para eso estaba San Sebastián porque «nuestro clima se ha reconocido como uno de los que más puede satisfacer las necesidades del verano, por nuestra moderación y nuestras costumbres, por las bellezas que se han reunido en esta linda Ciudad, en armonía con las que la Naturaleza nos ha prodigado».
San Sebastián ya tenía demostrado su afán por hacer agradable la estancia «con la extremada limpieza de sus calles, el esmero en conservar y mejorar sus parques, paseos y caminos, y por la vigilancia que se ejerce para que nadie sea molestado». Para todo ello se contaba con un «excelente cuerpo de orden público» que se ocupa de «la inspección de alimentos, baños, paseos, and many others. que son otros tantos alicientes para los forasteros que vienen a morar en esta Ciudad».
La municipalidad «no repara en dispendios para conseguir espectáculos para todos los gustos», siendo así como se implantó un muy completo programa de actividades, ampliado con la primera semana de septiembre dedicada a la cultura euskara.
” Fuentes www.diariovasco.com ”


